Dr. Julio Sifuentes Quiñones: Lo más gratificante de ser anestesiólogo es poder ayudar a salvar vidas

 

Dr. Julio Sifuentes Quiñones: Lo más gratificante de ser anestesiólogo es poder ayudar a salvar vidas

Llevo 40 años como anestesiólogo, desempeñando el cargo de jefe de sala de operaciones del Hospital Regional Docente de Trujillo, fui profesor principal por 45 años en la Universidad Nacional de Trujillo; y considero que uno de los más grandes logros de mi carrera profesional como anestesiólogo ha sido dar anestesia a los niños con labio leporino, llegando a operar a 4030 niños en toda la región norte, sierra y selva del Perú. A lo largo de mis años recibí muchas propuestas para incursionar en la política, las cuales rechacé para dedicarme exclusivamente a lo que más amo, la anestesiología, dedicarme a mis alumnos, a la residencia de pregrado y postgrado.

A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de ser director de la escuela de postgrado de la Universidad nacional de Trujillo, donde impulsé la residencia de anestesiología en Trujillo, además, promoví la acreditación y licenciamiento a nivel nacional, siendo la primera facultad de medicina en crear la escuela de post-grado de residentado médico en el Perú. Recuerdo que a través de la Sociedad Médica Peruana Americana (PAMS) recibimos equipamiento en los Hospitales de Trujillo con equipos ya usados, pero de primera generación, lo cual benefició a los médicos de nuestra región, también tuvimos un destacado intercambio académico con hermanos médicos de otros países.

Una de las experiencias más gratificantes que me ha dado la especialidad de anestesiología ha sido ser parte de un proyecto de ayuda a niños con labio leporino. A través del programa Club de Leones, y con el apoyo de la sala de operaciones del Hospital Regional Docente de Trujillo, a cargo de mi persona, nos comprometimos a dar anestesia a los niños con labios leporino; fue una experiencia excepcional, teníamos que viajar a diferentes provincias del Perú, donde a veces nos prestaban un hospital, una escuela o salón donde el riesgo de morbimortalidad era alto, ya que solo teníamos una oportunidad para intubar a un bebé de cinco o seis meses de nacido, gracias a Dios jamás tuve una muerte en toda mi carrera profesional. Muchas veces dejábamos de ver a nuestras familias por varios días, pero todo eso valió la pena, al ver sonreír y recuperados a nuestros niños, eso era nuestra gasolina, motor para seguir adelante con esa noble causa.